Política

Conversar para construir los imprescindibles consensos

By marzo 24, 2019 mayo 30th, 2019 No Comments
24.03.2019 | La Nación | Editorial

Resulta destacable e invita a reflexionar y participar la convocatoria de un grupo de ciudadanos a encarar un nuevo diálogo nacional.

Un grupo de ciudadanos, entre los que figuran personalidades de la significación de Alejandro Carrió, Federico Pinedo, Norma Morandini, Santiago Kovadloff, Marta Oyhanarte, María Eugenia Estenssoro, Alejandro Fargosi y Daniel Sabsay, han suscripto una declaración que invita a promover un nuevo diálogo nacional. No podía haber sido, desde la perspectiva de este diario, más plausible y urgente una convocatoria de esa naturaleza dirigida a alentar una impostergable conversación.

La fundan sus promotores en la necesidad de que los argentinos dialoguemos sobre cómo sentar las bases para resolver, entre todos, temas de magnitud tales como nuestros índices de pobreza , la corrupción sistémica o la imposibilidad de establecer un proceso sustentable de crecimiento, por solo enumerar algunos. Proponen pues consensuar, al menos, mínimas políticas de Estado, en cuestiones como la educación, la salud, la seguridad, el trabajo y el establecimiento de reglas que confieran previsibilidad a la economía. Se han trazado un horizonte vasto, pero no menos hicieron quienes, a partir de los Pactos de la Moncloa, después de la muerte de Franco en la transición política española, fundaron una España moderna, abierta, europeísta y democrática.

Los firmantes advierten sobre los riesgos de la confrontación política sin treguas, con lenguaje irrespetuoso y descalificatorio, en un contexto de peligroso desapego a la ley, mientras crece la desconfianza social sobre las instituciones del Estado democrático que garantizan, pese a todo, la mejor forma de convivencia. Siempre hay antecedentes para rescatar en materia tan delicada como la de anudar, en circunstancias harto difíciles, consensos como los propuestos. Y aunque se diga que la sociedad argentina ha sido más refractaria que otras a buscar coincidencias cívicas, Mitre, fundador de este diario, habría podido señalar de qué manera él y otras personalidades de la época depusieron, después de la revolución del 90 y la caída de Juárez Celman, intereses políticos personales y de partido en aras de la paz y la prosperidad general.

En relación con hechos más recientes, podría invocarse la disposición con la cual actores políticos, empresarios y ciudadanos del mundo de la cultura se involucraron, en medio de la gran crisis de 2001/2002, en el fructífero diálogo entonces promovido por el Episcopado Nacional.

Con el Pacto de Benidorm, Colombia entró en 1956 en un proceso de reconciliación después de más de medio siglo de fragor bélico entre conservadores y liberales, acuerdo consolidado un año más tarde, en Sitges, Cataluña. Se convino una política de alternancia de los dos partidos tradicionales por 12 años, que terminaron por extenderse otros cuatro años más. Ese fue el punto de partida de un recorrido que ha permitido a Colombia, a pesar de las guerrillas de las FARC y el ELN, una prolongada prosperidad.

Venezuela, nada menos que el país hoy humillado por las prácticas populistas y marxistas del chavismo, consiguió emerger de una sucesión de dictaduras, como las de Juan Vicente Gómez y Marco Pérez Jiménez, merced al acuerdo de gobernabilidad convenido en el Pacto de Punto Fijo, de 1958, entre los tres principales partidos Acción Democrática, Copei y Unión Republicana Democrática, bajo la inspiración de un líder excepcional, Rómulo Betancourt.

La tendencia a oponerse consuetudinariamente a los acuerdos se ha hecho una habitualidad, con las consecuencias inevitables que esto imprime sobre la política argentina. El consenso ha sido por demás descalificado en nuestra política bajo la ligera imputación de «contubernio». Se ha olvidado así más de la cuenta que la razón humana es por esencia dialógica y que el ideal de la comunicación y el entendimiento sobre presupuestos básicos entre los hombres tiene sobradas raíces morales. El principal problema de los desacuerdos no consiste en que unos digan negro y otros blanco, sino en ponerse de acuerdo respecto de qué se entiende por negro y qué por blanco. En el examen de las posiciones políticas en la Argentina en temas que deberían ser claros, incuestionables y resueltos sin más vueltas, se observa claramente lo antedicho, en especial, en el de la corrupción en los actos de gobierno, que es materia de confesiones múltiples y coincidentes, en sede judicial, desde que se airearon los cuadernos de Centeno.

Todo aporte hacia el diálogo cívico, en suma, debe ser bienvenido, sobre todo a la luz del pésimo balance de la Argentina en muchos campos desde hace tantas décadas, fruto indudable de tanto desencuentro. El primer paso ha de ser la disposición a asumir consensos, como en el caso del manifiesto del grupo de ciudadanos al que nos referimos. Piénsese lo arduo en sí que es trabajar en asuntos como este. Piénsese en ejemplos como el del Consenso de Washington, tan denostado por casi todos los partidos políticos argentinos, y que no fue más que una serie de proposiciones del gobierno norteamericano y de los organismos internacionales, de fines de los ochenta, destinadas a los países en vías de desarrollo. Y piénsese que en el núcleo central de aquellas recomendaciones se puntualizaban no más que ideas elementales como atacar la inflación, imponer disciplina fiscal, reducir el gasto público, privatizar lo privatizable, liberar el comercio exterior, apoyar las inversiones extranjeras directas…

Aún hay quien sigue juzgando políticamente incorrecto un plan de esa índole y que entiende que nada hay para consensuar. O expliquemos por qué en el Congreso Mundial de Economía de 1980 Paul Samuelson sintetizó nuestra historia con la abrumadora afirmación de que después de haber sido «el país del futuro», la Argentina parecía «un país sin destino».

Corremos el riesgo de que el año electoral potencie aún más las diferencias, agigantando los abismos y la ausencia de respeto por quien piensa diferente, volviendo aún más peligrosa una inconducente y peligrosa división. Está en cada uno de nosotros, en cada célula social, asumir un rol activo. El desafío está planteado. ¡Vamos, argentinos, a las cosas!

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