Palabras de bienvenida

Qué alegría ver tantas caras nuevas y tanta gente conocida en este Encuentro Anual ACDE. Ayer, en la tarde de inauguración del encuentro, mientras meditábamos y rezábamos un poco con algunos de ustedes, decíamos de que éste es un una invitación a realizar un camino, a hacer un viaje de transformación. Y cuando pensamos en un viaje, lo primero que se nos viene a la mente es una parte muy importante del viaje, que es la preparación; es ese momento donde empezamos a visualizar en nuestra cabeza esos paisajes que queremos ver, los lugares que queremos recorrer. Hay quienes dicen que un camino bien preparado se disfruta mucho más. Por eso, voy a tomarme unos minutos para visualizar junto a ustedes este camino que vamos a hacer en la jornada de hoy. Pero como somos todos amigos, me voy a tomar el atrevimiento de incomodarlos un poquito, porque para hacer un buen viaje es importante preparar la cabeza, preparar el corazón, pero también hay que preparar un poco el cuerpo. Entonces los voy a invitar a que se sientan cómodos, que apoyen los pies en el suelo, que dejen todo lo que tienen las manos, aflojen los hombros, el cuello, tomen aire, llenen los pulmones, y entonces, ahora sí, ya estamos preparados para hacer este viaje. Imaginémonos que estamos en un sendero, un sendero rodeado de árboles. Miremos a nuestro alrededor, a nuestros compañeros de viaje… y empecemos a caminar.

Así llegamos a un campo. A un campo, como tantos campos en nuestro país. Sólo que este tiene una característica: todavía no fue sembrado. Entonces nos agachamos, tomamos un poquito de tierra y sentimos ese olor tan característico de la tierra húmeda. Y mientras la vamos desgranando, pensemos en la cantidad de nutrientes, en la cantidad de minerales que pronto van a albergar vida. Esta tierra se llama humus porque es una tierra fértil. Y ‘humus' es la raíz de otra palabra muy significativa para nosotros: Humildad. Está demostrado que los grandes líderes a lo largo de la historia tenían una característica común: eran humildes. Cuando pensamos en humildad, enseguida pensamos en esa capacidad para poder reconocer que hay otros que saben más que nosotros, que son más fuertes que nosotros. Pero también la humildad habla un poco de cómo nos conocemos y cómo reconocemos nuestros límites. Y eso nos lleva a ser más curiosos, a tratar de aprender y también a ser más auténticos y no aparentar lo que no somos. La humildad de los grandes líderes, además, tiene una característica muy parecida a este suelo que estamos pisando, porque cuando se empieza a contagiar a los demás tiene la particularidad que da vida a nuevas ideas, a nuevas creaciones, a nuevas transformaciones. Entonces, ahora sí, en lo más profundo de este suelo, de este humus, vamos a dejar nuestro corazón, humilde y fértil, para seguir nuestro viaje dando frutos.

Nos imaginamos que seguimos caminando, nos alejamos de este campo y llegamos a orillas de un mar. Estamos sobre un acantilado. A nuestro costado, un faro. Un faro muy alto, de unos 40, 50 metros de altura. En el fondo, unas nubes cargadas de agua que cada tanto se iluminan por algún rayo y sentimos en nuestra cara las gotitas de lluvia que empiezan a llegar atraídas por el viento y buscamos refugio. Entonces nos metemos en el faro, empezamos a subir hasta que llegamos a la habitación más alta, esa que está toda rodeada de vidrios y nos permite ver todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Bajamos la vista y vemos una mesa que tiene tres pares de anteojos.

El primer par tiene los cristales de la desilusión y cuando vemos a través de la desilusión, nos sentimos desesperanzados. Vemos todo de manera negativa y vemos esa tormenta que cada vez está más cerca, esos rayos amenazantes, esas olas que parecen querer comerse al faro y decimos “esta estructura no va a aguantar, nos vamos a caer”. Y entonces pensamos en la humanidad, pensamos en el mundo y no podemos dejar de pensar en ese corazón que a veces tiene el hombre, tan ambicioso y codicioso. En los inventos del hombre que atentan contra la naturaleza y a veces atentan contra las mismas personas. Pensamos en la guerra, el hambre y nuestro corazón se acongoja. Nos llenamos de miedo, de temor. Bajamos los brazos y nos paralizamos.

Nos sacamos el par de anteojos y vamos por el segundo par, que tiene los cristales de la arrogancia. La sensación es completamente distinta. Nos sentimos empoderados, sentimos que somos dueños absolutos de toda la verdad. Con este empoderamiento vemos esas nubes, vemos la tormenta, vemos las olas y decimos: “Yo sé perfectamente cómo voy a poder capear esta tormenta. No me da ningún miedo la ola”. Claro, cuando sentimos que estamos tan empoderados y nos creemos dueños de la verdad, nos pasa otra cosa. Empezamos a ver a los otros, aquellos que tal vez piensan un poco distinto a nosotros o que son diferentes a nosotros, como posibles enemigos o gente que no queremos tener cerca. Nos volvemos paranoicos y soberbios y, en definitiva, nos volvemos odiosos, sin amor.

Entonces nos sacamos estos lentes que no nos gustan y vamos por el último par que tienen los cristales de la esperanza. Y cuando vemos a través de los cristales de la esperanza, nos damos cuenta de que todo lo que nos rodea, la tormenta, las olas, el corazón del hombre, la sociedad, sus inventos, todo es un inmenso regalo que Dios nos ha dado para poder moldear y transformarlo en algo trascendente.  Y para tener la experiencia de lo que significa moldear, los invito a que tomen la plastilina que está delante de ustedes y jueguen un poquito con ella. Sientan cómo se adapta dócilmente al movimiento de los dedos, cómo se va calentando con nuestro cuerpo. Y mientras ustedes juegan con esta plastilina, yo les cuento que a lo largo del día vamos a hablar y ver mucho de esta realidad que nos toca moldear… Vamos a hablar de tecnología, de inteligencia artificial, cómo la inteligencia artificial está cambiando nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra sociedad. También vamos a hablar de las organizaciones, ¿Qué está pasando en las organizaciones, cuál es la agenda que hoy tienen las organizaciones? Vamos a hablar de otro cambio muy importante: el cambio geopolítico; qué está pasando en el mundo y cómo eso nos afecta. Finalmente vamos a hablar de los desafíos y oportunidades que tiene nuestra Argentina.

Entonces, ahora sí, con los anteojos de la esperanza y sabiendo cuál es nuestra misión, los invito a que nos imaginemos que estamos bajando del faro y vamos caminando, dejando atrás esa tormenta hacia nuestro último destino. Llegamos a nuestro destino, que es aquí y ahora, en este salón, rodeados de nuestros compañeros de viaje, nos preguntamos ¿para qué estamos aquí? ¿Cuál es nuestro propósito? Pensamos que los líderes cristianos tenemos un propósito trascendente que es dejar huella, una huella que otros puedan seguir y que en definitiva permita transformar el corazón de las personas, transformar nuestra sociedad. Ojo que no hablo de grandes transformaciones; Santa Teresa de Calcuta decía ‘No todos podemos hacer grandes obras, pero todos podemos hacer obras pequeñas con un gran amor’. Los líderes cristianos tenemos una herramienta formidable y es que cuando ponemos en común nuestros esfuerzos, cuando mancomunados nuestros objetivos, esas transformaciones se vuelven exponenciales y logramos cosas increíbles.

Por eso, para graficar esta invitación a transformar esa masa mancomunadamente, les voy a invitar a que pongan en el cartón del centro todos los pedazos de plastilina y los junten, porque durante la mañana vamos a hacer un pequeño desafío. Ustedes saben que el llamado de este Encuentro Anual ACDE es poner nuestro corazón en acción y ese ha sido un poco la inspiración del logo de nuestro encuentro, que en definitiva refleja ese trabajo introspectivo que nos ayuda a ser lanzados como una flecha, a transformar la realidad. Después del primer break vamos a juntarnos en las mesas y vamos a hacer un pequeño ejercicio. Vamos a hacer una reinvención de este logo con la plastilina y vamos a ver qué nos dice nuestra inspiración respecto de qué significa esto de poner el corazón en acción. Puede ser el mismo logo o puede ser algo nuevo que se les ocurra.

Este encuentro tiene como lema “Creer para crecer”, creer en nosotros mismos, creer en los demás, pero, por sobre todo, creer que cuando por distracción nos ponemos esos anteojos de la desilusión, hay un Dios que va a venir a nuestro encuentro para darnos la fuerza que necesitamos para cumplir nuestra misión. No es un creer estático, es un creer en movimiento, es un creer que nos invita a aprender, a transformar. Es un creer que nos invita a crecer, crecer nosotros, crecer en nuestras organizaciones y finalmente hacer crecer a nuestro querido y bendito país.

Entonces, ahora, con el corazón humilde, con la mirada esperanzada y con la fuerza de los que nos rodean, les doy la bienvenida a este 27º Encuentro Anual ACDE. Muchas gracias.

 

Luis Guastini

Presidente del 27° Encuentro Anual ACDE

 

 

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